Un cuenta cuentos para alcanzar la integración

Diversas asociaciones de inmigrantes y minorías étnicas se juntan este sábado para narrar a los más pequeños las costumbres y características de sus culturas

ASTRID OTAL BELTRÁN

Existía una torre de cinco pisos, pero el habitante de la última planta se marchó. Vendría a vivir un hormiga, trabajadora y constante, pero acabaría detestando a la gallina vaga que vivía en el edificio. Luego llegaría una coneja, pero acabaría fatal con el cuco. El cerdo sería el tercer inquilino que habitaría la casa de la quinta planta, pero también se marcharía enseguida porque no soportaría las reprimendas de su vecina la gata, organizada y limpia. La paloma sería la última y la definitiva en ocupar la casa de la quinta planta; la única a la que no le gustaría verdaderamente el piso, pero sí los vecinos.

Buenos vecinos es uno de los cuentos judíos que Tinna Segal narrará el próximo sábado en las jornadas Cuenta cuentos del mundo: cuentos de solidaridad y convivencia. La asociación a la que pertenece, Sefarad Aragón, participa en esta actividad que el colectivo Distintos en la Igualdad viene organizando desde mediados de noviembre. El objetivo es claro: acercar a los más pequeños las distintas culturas del mundo para que, en el día de mañana, no quepan los prejuicios étnicos.

Sefarad aragon

Tinna Segal y una de sus compañeras en la lectura de cuentos judíos

Tinna Segal aparecerá con la vestimenta habitual judía y con un libro gigante que mostrará a los asistentes. Comenzará a abrirlo pero del revés, porque los judíos escriben de izquierda a derecha, y les contará historias que transmitan costumbres judías y valores en igualdad. “Aunque existan cosas que nos diferencien, en lo esencial somos lo mismo. El cuento de Buenos vecinos refleja tópicos de las diferentes culturas. Y termina con la paloma: la paloma que es capaz de fijarse en los aspectos buenos de sus vecinos, en lugar de observar solo lo tópico, lo malo” apunta Segal.

La integrante de la Asociación judía Sefarad explica que el racismo proviene de un desconocimiento de las demás costumbres, que vistas con los ojos de la propia, provoca un rechazo y una incomprensión. “Con los cuentos se transmite a los niños que las pequeñas diferencias no nos tienen que separar; que a todos nos preocupa lo mismo, que, por ejemplo, no somos unos raros por no celebrar la Navidad. Y se les explica el porqué de la forma más sencilla y divertida: a través de fábulas e historietas”.

Después, cuando finalicen los cuentos judíos y Tinna Segal se retire, entrará en la sala Barion Aguilar caracterizado con la ropa indígena ecuatoriana de la época de la colonización. Contará a los asistentes la leyenda de Cantuña, una historia basada en el misterio que rodea a una de las iglesias más grandes de Quito, la de San Francisco, a la que le falta un bloque de piedra y los paisanos aún tratan de encontrarla. Pero el cuento, como explica Aguilar, también tiene una doble finalidad: “hacer llegar a los niños que no solamente somos nosotros, los ecuatorianos, los que venimos a España. También los españoles viajaron a nuestras tierras para conquistarnos. Y ni la esclavitud del momento ni el racismo que pueda existir ahora son las únicas formas posibles; la verdadera solución se encuentra en la convivencia y en la tolerancia”.

Los cuenta cuentos del mundo acogerán historias de diversas nacionalidades en el bar El Momo: historias argelinas, chilenas, rumanas o las que provienen de la cultura oriental. Pretenden hacer comprensibles las costumbres o tradiciones para alcanzar una sociedad integradora que supere las diferencias. Y eso a través de animales, personajes ficticios o seres místicos que, en un mundo de cuento, transmitan a las futuras generaciones el encanto y las características de cada cultural.

Anuncios

Zaragoza, a ritmo de Bollywood

IGNACIO PÉREZ IBÁÑEZ

Melodías pegadizas, saris y mucho movimiento. Los bailes de las películas indias atraen cada día a más seguidores zaragozanos

“Con el cambio de estación llegan…. llegan las nubes para apagar la llama, la llama de mi amor”. Así comienza una de las canciones y coreografías más famosas de la película Devdas (2002) y del cine de Bollywood –la industria cinematográfica de la ciudad de Bombay–. En ella, Aishwarya Rai, megaestrella de ese cine, baila mientras protege una vela, símbolo de su amor, de una tormenta. A ella se suman otras veinte mujeres, todas enfundadas en preciosos saris y con el tradicional bindi –tercer ojo– en la frente. Parece que bailan danzas netamente hindúes, pero, en realidad, sus pasos son uno de los mejores ejemplos de la fusión entre la cultura occidental y la India: en ellos se mezclan funky, hip hop o chachachá con algún gesto y mirada de las danzas tradicionales indias. Es el estilo Bollywood, un baile que llegó a la capital de Aragón hace unos diez años y que, en la actualidad, está experimentando un notable aumento de seguidores.

Con diez años de retraso

101_2476

Sesión de Bollywood con Mayca Chinchilla

“A nivel nacional, las danzas de Bollywood comenzaron a despertar interés a principios de los noventa. En Zaragoza, sin embargo, ese interés surgió con diez años de retraso”, asegura María Pilar Calvo, profesora de este estilo en la academia Antonia Azahara. Esta joven de 32 años, aficionada a las tramas surrealistas de la mayoría de las películas indias, comenzó a recibir clases de Bollywood hace cuatro años, de la mano de Eva Sampredro, una de las primeras profesionales que introdujo este estilo en Zaragoza.

“Comencé a hacer exhibiciones y a enseñar coreografías en 2004, fui de las primeras”, asegura Sampedro, profesora de danzas orientales que, actualmente, da clases de Bollywood a unas veinte alumnas. Ambas profesionales señalan que, en estos últimos años, la demanda de clases de este estilo ha aumentado considerablemente, “quizá por películas como La boda del Monzón o Slumdog Millonaire”, apunta Eva Sampedro. Otra profesora, Mayca Chinchilla, de 32 años, también confirma lo anterior: “llevo dando clases desde hace cinco años y en estos dos últimos se ha producido un auténtico boom”, asegura esta joven que comenzó bailando flamenco y terminó especializándose  en danzas orientales.

Alapadma-mudra

Mudra Alapadma
Fotógrafo: Dmitry Rukhlenko

Mudras y hip hop

En las coreografías de Bollywood cabe de todo: funky, dance pop, hip hop, merengue, chachachá, tango… Pero casi todas poseen algún rasgo característico de las ocho ramas de la danza tradicional hindú que existen. ¿Cuáles son los más usuales? En primer lugar, los mudras, los gestos que los bailarines realizan con las manos. En las danzas tradicionales, cada mudra posee un significado: uno de los más usuales, el alapadma –palma de la mano abierta con los dedos estirados– puede asociarse con una flor de loto o con la separación del amado, y el Katakamucka –similar a la posición de los dedos cuando se va a pellizcar algo– puede relacionarse con la acción de cortar una flor o el habla. “La gente era analfabeta, así que, para difundir los grandes poemas épicos entre el pueblo, se recurría a la danza”, explica María Pilar Calvo. En la actualidad, los bailes de Bollywood no poseen ningún tipo de función narrativa: “son puro show, puro espectáculo”, apunta Eva Sampedro, de 35 años.

101_2398

Grupo de Bollywood de la profesora Eva Sampedro

A los mudras se suman las posturas angulosas que caracterizan a las danzas tradicionales: “el ballet europeo, por ejemplo, tiende a la línea recta, a las figuras estilizadas, a las formas estiradas; las danzas indias, a los movimientos sinuosos, curvos, redondos; y, desde mi punto de vista, las danzas de Bollywood podrían asociarse con un triángulo, siempre asimétricas”, explica María Pilar Calvo, profesora que, en los últimos años, ha dado clases a grupos de 25 personas en distintos centros cívicos.

Danza viva y alegre

Mayca Chinchilla destaca, sobre todo, un aspecto positivo de la mezcla de estilos que conforma Bollywood: “las danzas tradicionales indias son muy difíciles de ejecutar. Al mezclarlas con otros estilos, el nivel resulta más asequible, la gente se siente más libre y se lo pasa mejor”. Algo que se confirma al preguntar a los alumnos: Beatriz Ortega, de 21 años, lleva unos meses asistiendo a clases de Bollywood y asegura que sale de las sesiones de Bollywood “con otro humor”. Esta alumna, aficionada a la cultura india, decidió apuntarse a clases de este estilo para poner en práctica lo que veía en las películas. Cristina Ariso, de 32 años –cinco practicando danzas de bollywood– llega a la misma conclusión que la anterior alumna: “es una danza movida, positiva, y eso hace que salgas más alegre de clase”, reconoce.

101_2460

Sesión de Bollywood de la profesora María Pilar Calvo

Un baile positivo en el que el público masculino escasea. Y no porque este estilo esté vedado únicamente a las mujeres: “en los bailes de Bollywood hay igual número de hombres que mujeres. Es más, uno de los requisitos para ser un galán del cine en la India es desenvolverte bien con este tipo de bailes”, asegura María Pilar Calvo. Ramón Chinchilla, de 32 años, hermano de Mayca, lleva seis años practicando danza del vientre y cinco asistiendo a ensayos de Bollywood. Asegura que, si esa desproporción entre hombres y mujeres se percibe a nivel nacional, en Zaragoza, se acrecienta.

Los libros que viajan de lector a lector

BookSharing es un proyecto de cinco estudiantes de la Universidad de Zaragoza. Proponen un intercambio de libros: uno deposita aquellos que ya se ha leído para que otras personas los puedan disfrutar mientras que se lleva otro ejemplar a casa

ASTRID OTAL BELTRÁN

A veces los libros mueren olvidados en las estanterías. No encuentran otros lectores más allá del dueño que los disfrutó y los dejó almacenados sin volver a prestarles atención; pero existen iniciativas que pretenden evitar que esos libros queden definitivamente inutilizados. Y esas iniciativas buscan que se compartan los libros, que la gente los intercambie por otros, que se consigan traspasar de un sitio a otro.

BookSharing (2)

De izquierda a derecha: Alba Sánchez, Diana Valladares, Ignacio Arnal, Alina Murarescu y Javier Prats

Ignacio Arnal y Alba Sánchez son dos estudiantes de la Facultad de Economía y Empresa. Junto con otros tres compañeros más han puesto en marcha un proyecto llamado BookSharing que persigue animar la lectura entre los ciudadanos de Zaragoza: “queremos que los libros que han caído en el olvido encuentren una segunda oportunidad en las manos de otros”, explica Ignacio Arnal. Los cinco estudiantes han habilitado espacios en tres establecimientos para el intercambio de libros: la librería La pantera Rosa, la biblioteca de la Facultad de Economía y Empresa y el bar-café Minämi. Todo aquel que acuda a esos tres lugares se puede llevar gratuitamente uno de los libros depositados. “Buscamos un intercambio. No es obligatorio que todas las personas dejen un libro por cada uno que se llevan, pero de lo que se trata es de colaborar. No queremos que desaparezca todo el fondo de libros”, apunta Alba Sánchez.

Los alumnos desarrollaron esta propuesta a través de una de sus asignaturas,  Dirección de Entidades de Economía Social, en la que se les instaba a crear un proyecto sin ánimo de lucro. Los cinco estudiantes eligieron esta opción ya que, además, así expandían una cultura que fuera accesible a todo el mundo: no hay dinero de por medio. Pero esta idea que han puesto en marcha ya tiene historia.

En 2001, en Estados Unidos, comenzaron a aparecer libros en lugares públicos: en las puertas de edificios, en los bancos del parque, en las paradas del metro y del autobús. En 2003, Barcelona y Gijón se sumaron a dejar libros a la intemperie. Hoy en día, en España, cientos de personas deciden dejar los libros que ya leyeron debajo de un árbol, en un ascensor o en lugares articulados para este intercambio. En Zaragoza, se impulsó esta idea de forma organizada en 2007 en el centro municipal de transeúntes. Cinco años después, un grupo de estudiantes han retomado este proyecto para que a los libros no se les acumule el polvo.

“Impulsar la lectura. Un estudio que se realizó este año en Aragón concluía que leen de media en nuestra Comunidad Autónoma un 60,3%. Nos situamos por encima de la media nacional, pero aún hay muchas personas que no tienen este hábito tan necesario”, señala Alba Sánchez, una de las estudiantes impulsoras.

Aunque los libros que se depositan son gratuitos y los puede coger cualquier ciudadano, Ignacio Arnal reconoce que la participación está costando: “en la Pantera Rosa apenas ha habido movimiento; en la biblioteca de la Universidad sí, la gente se los lleva pero es reacia a dejar; el bar-café Minämi es el sitio donde más éxito está teniendo”.

BookSharing (5)

El bar-café minämi

La cafetería Minämi es un bar alternativo de sofás y sillas, de mesas de madera artesanales y de vasos de cerámica que imitan las arrugas de los de plástico. El interior recuerda a los del norte de Europa, a los que se pueden encontrar en Praga, Holanda o Alemania. Justo cerca de la barra, en una mesa, se encuentran los libros del BookSharing. Miriam Redondo es una de las camareras. Explica que en el bar sí que la iniciativa está siendo acogida por los clientes: “la gente se anima a leer mientras toma el café; preguntan y se les informa. Los cogen y dejan otros. También están algunos que deciden no llevárselos, sino que prefieren leer un capítulo aquí y cuando vuelven al día siguiente retomarlo si aún está disponible”.

Actualmente, 17 libros variados descansan sobre la mesa: desde El niño con el pijama a rayas, El diario de Bridget Jones o Edad prohibida, hasta dos libros que recogen las memorias de José María Aznar. Pero Miriam Redondo afirma que los primeros días fueron críticos porque partieron con una docena y se quedaron con tres. “La gente arramblaba y no los devolvía. No es una obligación pero es necesaria una confianza que asegure que, si coges un libro, uno se comprometa a dejar otro o a devolverlo cuando lo termine”, añade la trabajadora. El proyecto volvió a resurgir cuando, clientes desinteresados, depositaron libros que ya no necesitaban: “un señor nos trae libros románticos. Verdaderamente, hay personas muy involucradas”, concluye Miriam Redondo.

BookSharing (8)

La mesa donde se depositan los ejemplares para compartir del BookSharing

BookSharing (11)

Marta Sofía Ruiz, clienta del Minämi, hojeando los libros

Marta Sofía Ruíz es una joven que frecuenta la cafetería. Cada vez que acude al bar se para para hojear los libros. Piensa que es una idea genial porque compartir ejemplares puede hacer que descubras autores en los que nunca antes habías reparado. Confía en que el proyecto de los cinco estudiantes de Economía y Empresa prospere. Ella pone su granito de arena para que continúe esta red cultural.

Una veintena de artistas zaragozanos llevan lo grotesco a una antigua fábrica de chocolate

Redactor: Ignacio Pérez Ibáñez

Fotografías, instalaciones y performances muestran en unas Jornadas la corriente más vanguardista del arte que se produce en nuestra ciudad

Gema Moreno Jaime 2

Instalación de Charo de la Vega.
Fotografía de Gema Moreno.

A principios del siglo XX, en los números cinco y siete de la calle Lourdes, en el barrio Jesús de Zaragoza, se fabricaban bombones, tabletas de chocolate y guirlaches consumidos por el mismísimo Alfonso XIII –Chocolates Zorraquino recibió el título de Proveedor Real en 1902–. Hoy, pasados más de 120 años, los almacenes y salas de mezclas de esta antigua fábrica funcionan como un centro artístico alternativo y, el pasado fin de semana, las paredes de azulejos y el suelo de cemento de uno de sus edificios acogieron una exposición, varias performances y un taller sobre la idea de lo bello y lo grotesco en el arte.

Muñecos infantiles colgados encima de una bañera; figuras de arcilla gris y materiales reciclados que evocan a los aliens de James Cameron; fotografías en las que aparecen un hombre con una minusvalía física y una mujer sin ningún tipo de discapacidad, desnudos, en actitudes cariñosas; un nido gigante… Esas fueron algunos de las obras expuestas el pasado fin de semana. Trabajos en los que cada uno de los nueve artistas plásticos invitados mostraron su visión de lo grotesco. Para Paloma Marina, de 38 años, organizadora del evento y autora de las fotografías en las que aparece la pareja desnuda, lo grotesco se relaciona con lo oculto, lo inválido, lo inútil, con aquello que no se atiene a las normas de la belleza burguesa. “Es una tierra límite que flanqueas”, señaló. Por eso, en la mayor parte de sus obras, trabaja con excluidos sociales, con personas que se mueven en ese límite. “Me identifico con ellos –afirmó la organizadora–. Yo también tengo algo de grotesca”.

Gema Moreno Jaime

Fotografía de Paloma Marina.

Antonio Chipriana, de 45 años, performer y autor de varias instalaciones expuestas, aseguró que, para saber a qué nos referimos cuando empleamos la palabra grotesco, es necesario conocer el origen etimológico de esta palabra. Según Chipriana, el término proviene de la Edad Media y, en sus orígenes, se empleó para designar a un estilo de decoración encontrado en unas grutas de Roma –unas cuevas que, más tarde, fueron identificadas como las habitaciones y los pasillos del palacio de Nerón–. Este estilo se caracterizaba por llenar todo el espacio con elementos vegetales, cornucopias, seres mitológicos, seres deformes, escenas sexuales… Pronto, la palabra empleada para denominar a este tipo de decoración extravagante se extrapoló a todo lo vulgar, absurdo y deforme. “La decoración grotesca es un claro ejemplo de horror vacui, miedo al vacío”, afirmó Chipriana. Una obsesión por llenar el espacio que pudo percibirse en sus instalaciones, llenas de figuras, luces y elementos de juguete.

Gema Moreno Jaime

Instalación de Antonio Chipriana.
Fotografía de Gema Moreno.

Otra artista que también expuso varias instalaciones fue Charo de la Varga, de 47 años, pero, en su caso, buscó lo grotesco en los conflictos internos que podemos padecer las personas. Por ejemplo, en uno de sus montajes, varios muñecos infantiles aparecían rodeados de cuerdas y suspendidos encima de una bañera. Según su autora, los muñecos evocaban la infancia, la inocencia, mientras que las cuerdas hacían referencia a la técnica de excitación sexual japonesa Shibari, consistente en atar cuerdas al cuerpo de la persona para que su roce en zonas erógenas y la sensación de verse dominada le produzca placer. “Es una confrontación entre lo infantil y lo erótico”, aseguró Charo de la Varga. En otra de sus instalaciones, varias calaveras y huesos aparecían cubiertos con ropa de bebé. Una nueva oposición: “por un lado, el ángel de la guardia y la maternidad; por el otro, la muerte”, explicó la artista.

No obstante, lo grotesco no solo es exclusivo de las artes plásticas. De viernes a domingo, en el espacio de la exposición se presentaron varios espectáculos de danza y performances. En la fiesta de inauguración del viernes noche –a la que asistieron unas 60 personas–, Gonzalo Catalina, profesor de danza butoh –danza contemporánea japonesa–, escenificó en el oscuro sótano del edificio el nacimiento de un polluelo a través de los movimientos lentos y las contorsiones del cuerpo que caracterizan a esta disciplina. “Movimientos oscuros, grotescos, salidos directamente del inconsciente”, apuntó Paloma Marina, intérprete de esta danza inspirada en las víctimas de Hiroshima y Nagasaki.

101_2447

Performance realizada por Huguette Sidoine, Gustavo Giménez y Rodrigo J. García.

Esa misma noche, los artistas Huguette Sidoine, Gustavo Giménez y Rodrigo J. García presentaron una performance en la que se escenificaba la desesperación de una mujer cuyo marido está en la guerra. La profesora de danza contemporánea Huguette Sidoine bailaba; Gustavo Giménez realizaba sonidos guturales con un micrófono, símbolo del llanto y los gritos de la esposa; y Rodrigo J. García recitaba la letra de una supuesta carta enviada por el marido desde el frente.

Paloma Marina, organizadora de las jornadas, señaló que el evento no había contado con el apoyo económico de ninguna entidad y afirmó que muchos de los diecisiete artistas participantes constituyen, en estos momentos, la vanguardia artística de Zaragoza, “un colectivo artístico de izquierdas y de calidad que rechaza los tradicionales circuitos del arte”, destacó.

Javier Joven

Una de las paredes de la estancia.
Fotografía de Javier Joven.

101_2418

Panorámica de la planta calle.

Modificada

Performance de Rodrigo J. García.

101_2425

Instalación de Antonio Chipriana.

Un texto micro para contar una ciudad

La Federación de Asociaciones de Barrios de Zaragoza organiza el IV concurso de microrrelatos La calle de todos, que en su última edición tuvo casi 400 participantes, algunos incluso del extranjero

ASTRID OTAL BELTRÁN

Visibilizar Zaragoza en 1.500 caracteres con espacios. Apenas veinticuatro líneas para condensar paseos por las calles, recuerdos, hitos históricos, homenajes a monumentos o vivencias intrínsecas dentro la ciudad. “Buscamos que la gente se exprese, que hable de su ciudad, a la vez que se transmite al resto de la población que Zaragoza no solamente es el Pilar o el Puente de Piedra; que los barrios también son parte fundamental”, puntualiza Paco Felipe Ayala, redactor de la revista La calle de todos.

DSCF2005

Expresar con pocas palabras toda una historia

La revista, que pertenece a la Federación de Asociaciones de Barrios de Zaragoza (FABZ), organiza un concurso de mircrorrelatos cada año. La idea, que ya va por la cuarta edición, surgió porque querían fomentar la vida cultural y la participación de los lectores; impulsar que la gente expresara la visión que tiene de Zaragoza. Raúl Garcés Redondo, el ganador de la primera edición del concurso, imaginó a un hombre que observaba la Puerta del Carmen; miraba con detenimiento los rasguños de épocas pasadas justo antes de situarse al frente para defender a la ciudad del enemigo francés. Pero también está ese matrimonio envejecido, ya abuelos, que recuerda en su casa el olor a azúcar quemado de los merengues y la primera vez que se dieron la mano en la plaza Paraíso, como describe Cristina Araújo Gámir, una de las finalistas de la segunda edición. En el último concurso celebrado el año pasado, Javier Martínez Aznar recreaba un paseo por la galería que terminaba a la salida del Portillo; el paso subterráneo que existía antes de que se construyera la estación de Goya. Su relato, Sergio bajo tierra, recorría el camino para llegar puntual a las citas con Lucía.

La participación en el concurso ha ido creciendo cada año: de los 100 microrrelatos que recibieron la primera vez a los más de 370 del pasado concurso. Paco Felipe Ayala, uno de los trabajadores de la revista La calle de todos, explica que el género de los microrrelatos está en auge, quizá, porque no requiere tanto esfuerzo como las narraciones de larga extensión: “los ciudadanos se animan, tienen ganas de expresarse y eso, sumado al boca a boca de la existencia del concurso, ha hecho que se incremente el número de microrrelatos que recibimos”. Y no solamente participan la gente propia de Zaragoza, sino que también reciben escritos de las demás provincias y partes del mundo: “el año pasado –recuerda Felipe Ayala- quedó finalista un hombre brasileño que redactó desde Japón”.

El éxito, para el redactor de La calle de todos, también se encuentra en que, además del dinero del premio, los textos de los ganadores y de los finalistas se publican en la revista, que tiene una tirada de 9.000 ejemplares.

Lo micro parece estar de moda, y ya sea organización de FABZ, del Ayuntamiento, de los colegios, de los institutos o de diferentes organizaciones zaragozanas, se ofrece al ciudadano participar en este tipo de concurso. A veces, con el tema libre; otras, con pautas determinadas. Pero lo que queda patente es que las personas se animan a escribir en pocas líneas, todo aquello que quieren transmitir.

Aragón, protagonista de webseries

De los Monegros a los pueblos abandonados del Pirineo. Varios directores de webseries eligen la Comunidad aragonesa para grabar en ella sus proyectos.

Libres 1

Protagonistas de la webserie “Libres”, del director zaragozano Álex Rodrigo.

En enero de 2004, Orlando Bloom se enteró en Loarre de que era un hijo ilegítimo de un poderoso caballero del Reino de Jerusalén y que debía ir a Tierra Santa para defender sus tierras. En noviembre de 2005, en el refectorio del Monasterio de Veruela, Javier Bardem, interpretando a Goya, vio cómo la Santa Inquisición juzgaba sus grabados. Y, en marzo de 2003, los viandantes del Paseo Independencia de Zaragoza se vieron sorprendidos por una oleada de zombis. La primera escena corresponde a El reino de los cielos, de Ridley Scott; la segunda, a Los fantasmas de Goya, del checo Milos Forman; y la tercera a Una de zombis, de Miguel Ángel Lamata. Tres largometrajes que escogieron Aragón como fondo de sus historias. No obstante, las grandes producciones no han sido las únicas en explotar el potencial cinematográfico de nuestra Comunidad: desde hace algunos años, varios directores de webseries –producciones cuyos capítulos, en vez de emitirse por televisión, se suben a YouTube o a otras plataformas– han situado sus tramas en pueblos abandonados del Pirineo oscense o en la parte aragonesa de las Bardenas Reales.

Rodaje Tierra Seca

Imagen del rodaje de “Tierra Seca”, realizado a mediados de septiembre.

Es el caso de la webserie Tierra Seca, de David Yáñez, director cacereño afincado en Zaragoza. Una producción que narra la vida de diez supervivientes de la Tercera Guerra Mundial en un planeta totalmente arrasado y contaminado por la radiación: unos se dedican al esclavismo, mientras que otros se limitan a buscar algo de comida y agua entre los escombros. De momento, Yáñez solo ha grabado uno de los 13 capítulos que compondrán la primera temporada; y, para evocar esa imagen desértica y de destrucción, escogió como lugar de rodaje la parte oscense de las Bardenas Reales y dos pueblos: Villanueva del Jalón, un municipio totalmente abandonado, y Aluenda. “Grabamos entre mediados y finales de septiembre –cuenta el director de la webserie, de 31 años–, y, para conseguir los diez minutos del capítulo, estuvimos cinco días”. Pero el trabajo no termina con la grabación: para potenciar la sensación de destrucción, el equipo de Tierra Seca ha construido varias maquetas de grandes edificios en ruinas que, luego, insertarán con croma en las escenas.

Personaje Tierra Seca

Ilustración de uno de los personajes de “Tierra Seca”.

Al contrario que muchas películas post-apocalípticas centradas solo en la acción y la violencia, el mundo creado por David Yáñez posee un trasfondo crítico: “son los dirigentes de los países los que han acabado con sus propias poblaciones; en los capítulos, nadie sabe lo que sucede debido a que los Gobiernos han secuestrado a todos los periodistas; y casi todos los personajes elegidos, antes de la hecatombe nuclear, desempeñaban oficios que ahora no les sirven para nada, por ejemplo, el protagonista del capítulo que hemos rodado era técnico de máquinas de fotocopias”, explica el director.

En total, el rodaje del primer capítulo costó 8.000 euros y nadie cobró nada –ni actores ni técnicos–. “Una mitad de lo que ha costado el capítulo procede de una subvención para cortos otorgada por la DGA y la otra directamente de mi bolsillo”, señala David Yáñez. El objetivo a largo plazo de Tierra Seca es que algún portal de series pague por ella. Por el momento, el equipo de esta webserie iniciará en breve una campaña de crowdfunding.

Álex Rodrigo, director zaragozano de 25 años afincado en Madrid, siempre quiso escapar del sistema y empezar de cero en una casa abandonada de un pueblo. Nunca lo hizo, pero a partir de esa “espinita clavada” ideó una webserie a la que no le va nada mal: premio a la mejor webserie dramática y dirección en el Festival de Cinema de Girona, selección en el Festival Raindance de Londres y el Festival de Cine de Napolés, y, en cinco meses, 200.000 reproducciones en su canal de YouTube. Su nombre es Libres y cuenta la historia de siete jóvenes, la mayoría rayando la treintena, que deciden escapar de la ciudad y emprender una nueva vida en una casa abandonada de un pueblo. Pero no todo es tan idílico como suena: pronto surgirán los primeros enfrentamientos entre ellos, los primeros conflictos con los vecinos del pueblo y los primeros roces por cuestiones amorosas.  Al igual que en Tierra Seca, detrás de la historia hay un mensaje: “el escapar del sistema, el demostrar que las cosas se pueden hacer de otra forma”, explica su director.

Los diez capítulos que componen la primera y única temporada de la webserie fueron grabados entre agosto y octubre de 2012: “tres semanas en Yeste y Anzánigo, pueblos de Huesca –el primero con un habitante y el segundo con quince–, y las otras tres en Madrid y su sierra”, cuenta Álex Rodrigo.

En total, el rodaje costó 8.000 euros y, al igual que en la webserie de David Yáñez, nadie cobró. “En el año en el que pusimos en marcha el proyecto quitaron las ayudas del Instituto de Cinematografía y Artes Audiovisuales y las de la Diputación Provincial de Zaragoza, así que tuvimos que buscarnos la vida”, explica el director. La opción elegida fue el crowdfunding: “un fin de semana subimos al Pirineo, grabamos un tráiler decente y, 60 días después de haberlo colgado, teníamos 5.500 euros y un público expectante”.

Cañas 1

Imagen de la webserie “Cañas”.

Un bar, una mesa y una caña también pueden ser el marco perfecto para una webserie. Prueba de ello es Cañas, del director y ex-alumno de la Escuela Municipal de Teatro, Guilherme Oliveira. Cada uno de los ocho capítulos que componen la primera temporada presenta una historia radicalmente distinta a la anterior –una ruptura amorosa, un diálogo con doble sentido, la escenificación de un rodaje–, y lo único que ensambla la serie es que todas las escenas transcurren alrededor de una caña y que los protagonistas son también actores. Para crearla, Guilherme Oliveira, de 24 años, se inspiró en Coffe and cigarettes, de Jim Jarmusch, una película compuesta por once historias que siempre suceden alrededor de un café: “En nuestro caso, al grabarla en verano pensamos en una bebida más acorde con esa estación y, como no podía ser de otra forma, salió la caña”, cuenta Guilherme Oliveira, de 24 años.

Los capítulos se rodaron el pasado mes de julio y, a diferencia de las anteriores webseries, el coste de producción fue cero: “todos los actores eran amigos que se ofrecieron a hacerlo, el material nos lo prestaron y en los bares no tuvimos que pagar nada”, señala Oliveira. En estos momentos, el equipo está buscando posibles patrocinadores en el sector de la cerveza y se plantea poner en marcha una campaña de crowdfunding. No obstante, Alba, actriz participante en Cañas señala que, en estos proyectos, lo más valioso es la experiencia que consigues: “hay que crear. Es la única manera de aprender. Si no comienzas por algo, nunca podrás hacer nada brillante”.

Redactor: Ignacio Pérez Ibáñez

Relatos breves a la luz de las velas

Esta noche me lo cuentas es el nombre de las reuniones literarias que organizan un grupo de jóvenes autores de relatos cortos

ASTRID OTAL BELTRÁN

2

Álvaro Cosculluela, uno de los participantes de Esta noche me lo cuentas

1

Ana G. Cózar en la lectura de sus relatos

“En el mismo mes de noviembre de 1859…”. Ana G. Cózar comienza a contar su relato. Hablará de la teoría de evolución de las especies de Darwin, pero de una manera particular; la reencarnación de una pareja que se ama en todas las formas: siendo ranas, monos y, finalmente y porque no queda de otra, humanos. Mientras, Laura Escartín se sienta en uno de los sofás pegados al lado de una de las paredes del bar y cuenta: “Qué nervios he pasado. Lo único que pensaba era que tenía que leer despacio, que el resto del mundo tenía que entender mi texto, que no tenía que correr…”. Laura Escartín es una joven estudiante de filología hispánica y, esta noche, ha leído por primera vez en público dos de sus relatos cortos. Ha participado en las quedadas literarias que se organizan bajo el nombre Esta noche me lo cuentas en un bar con ambiente bohemio, mesas con velas y focos morados. “Mis relatos se acercan más a la prosa poética que al hecho de contar una historia en sí. Me gusta describir momentos, sensaciones… me gusta describir la realidad”, expone Escartín. Laura ha leído un texto que trataba sobre una prostituta y otro, sobre una chica a la que acababa de dejar su novio y se sentía un poco perdida. La joven estudiante de filología reconoce que empezó a apreciar la lectura tarde, a los 16 años, cuando un profesor de lengua hizo que realmente le motivara. Lo que más le apasiona es descubrir los entresijos de los libros: qué es lo que el autor quiere decir realmente. Por eso, cuando a ella le surge una idea para escribir, también comienza a darle muchas vueltas.

4En el local se han reunido unas 25 personas, distribuidas en diferentes mesas, para escuchar los relatos breves que cuatro participantes leerán. Permanecen en silencio, ponen verdadera atención y aplauden al final de cada historia. En una de las mesas más apartadas se encuentran tres franceses, que no se sabe si verdaderamente comprenden las tramas, pero que están ahí como los demás. Elia García Zarranz es la organizadora de la quedada de esta noche. Explica que la idea es dar a conocer a autores jóvenes de relatos breves que no hayan publicado nada o casi nada. “El objetivo –aclara- es que se cree algo parecido a las sesiones poéticas consolidadas que existen en Zaragoza. Zaragoza es una ciudad muy poética, pero nos gustaría también que hubiera algo parecido en versión narrativa”. Elia García leyó las dos primeras veces -esta tercera vez que se reúnen no- porque quiere que en las diversas sesiones presenten diferentes personas. Es consciente de la dificultad de organizar sesiones periódicas porque, como señala, cuesta que la gente joven se anime, pierda la vergüenza y se ponga delante del micrófono. Pero Elia García, por otro lado, considera que Esta noche me lo cuentas es una forma de ponerse a prueba a uno mismo, una manera de ayudar a vencer los miedos.

Adrián Flor Martínez es el último en participar y es, sin ninguna duda, el que más experiencia detrás: colabora en una revista literaria, participa en concursos e incluso organiza quedadas poéticas. Sin embargo, esta noche, como Laura Escartín, es la primera vez que lee relatos breves. “Todo empezó en la carrera. Las inquietudes literarias se acentuaron y conocí a más gente con la misma pasión. Un día me dio por acudir a una de estas reuniones y probar un poco qué era ese mundillo. Y me gustó. Pero nunca he leído relatos, hasta ahora me había limitado a la poesía”, explica Adrián Flor. Amante de Borges y de la Generación del 27, esta noche terminará la sesión también con dos relatos: el primero, como reconoce, un “poco oscuro”, sobre una especie de cirujano que quiere conseguir plasmar el rostro de una mujer de un cuadro; el segundo, versa sobre un extraño pasajero.

Cuando se acaba la sesión se rompe la silencio; se pone la música; charlan entre ellos. Tienen tiempo para hablar de sus gustos, de sus inquietudes, de sus pasiones. Y, aunque pasarán algunos meses antes de que vuelvan a quedar, todos ansían volver a reunirse pronto.