Pasión por Japón

Ikebana, caligrafía japonesa, ceremonia del té… Las tradiciones japonesas suman cada día más seguidores en Zaragoza 

Hasekura 2

Retrato de Hasekura Tsunenaga.
Fuente: Wikipedia.

Se llamaba Hasekura Tsunenaga –aunque, a los pocos meses de pisar España en 1614 tuvo que bautizarse y adoptar el nombre de Felipe Francisco–, y, probablemente, fue el primer samurái que pisó tierras aragonesas, más concretamente, las ciudades de Daroca, Zaragoza y Fraga. Cuarenta y dos hombres lo acompañaban: 30 espadachines y 12 alabarderos. Viajaba en calidad de embajador del poderoso dictador de Japón, el shogun Iesayu Tokugawa, y sus principales objetivos eran conseguir que Felipe III permitiera al país nipón comerciar con Méjico y entrevistarse con el Papa Pablo V. Tras un viaje que le llevó ocho años de su vida, solo consiguió uno de ellos: hablar con el Papa. Felipe III se negó en rotundo a firmar los permisos de comercio al enterarse de que el shogun perseguía a los cristianos.

El pasado mes de octubre se cumplieron 400 años del inicio de esa misión diplomática que llevó a este samurái por tierras aragonesas –“Que sepamos, en Zaragoza estuvo dos veces: una de ida, en agosto de 1615, y otra de vuelta, entre enero y marzo de 1616”, afirma Kumiko Fujimura, presidenta de la asociación Aragón-Japón–. Y, a día de hoy, las artes tradicionales de ese país interesan cada vez más a un número mayor de aragoneses. Prueba de ello fueron las décimas Jornadas Japonesas que tuvieron lugar el pasado fin de semana en el Centro de Historias de Zaragoza. Un evento al que, según la presidenta de Aragón-Japón, asistieron unas 300 personas: “unas 120 participaron en los talleres de ikebana, caligrafía, pintura y ceremonia del té que preparamos, y el resto, acudieron a las charlas y conciertos”.

Kumiko

Kumiko Fujimura impartiendo un taller de pintura sumi-e.

Kumiko Fujimura, de 55 años, es una de los 35 japoneses que actualmente viven en Aragón y, aparte de presidir Aragón-Japón –asociación que cuenta con unos 280 socios apasionados por la cultura nipona–, da clases de sumi-e, pintura japonesa a la tinta negra. Este tipo de pintura, considerada por la antigua aristocracia japonesa como la máxima expresión del refinamiento humano, repele las líneas definidas y se centra en las manchas: “no se busca reproducir algo a la perfección, sino captar su esencia; es decir, si pintas un caballo, te centrarás en reproducir su temperamento salvaje; si pintas una flor, intentarás captar su fragancia y vida”, explica Kumiko.

Sin embargo, esa aparente libertad creativa contrasta con las rígidas normas de esta disciplina: “para cada textura o sensación hay un golpe de pincel establecido y, hasta que dominas alguno, pueden pasar muchos años”, señala la presidenta de Aragón-Japón. En la actualidad, Kumiko da clases de sumi-e a cerca de cuarenta personas, cuyas edades oscilan entre los 30 y los 60 años. Una de ellas es Eva María, de cuarenta años. Esta aficionada a la cultura japonesa afirma que, al comenzar los talleres de sumi-e, lo que más le llamó la atención fue el “carácter ritual que parece tener cada acción” y “la concentración que necesitas para realizar bien un movimiento”.

Ikebana

Arreglo floral realizado durante el taller.
Fotografía realizada por Yolanda Villajos.

Sonoko Inoue, profesora de ikebana en Zaragoza, fue la encargada de impartir los talleres de arreglo floral japonés en el Centro de Historias de Zaragoza. Sonoku se graduó en la escuela de ikebana más vanguardista –la escuela Sogetsu–; sin embargo, durante los talleres se limitó a explicar algunos principios del ikebana tradicional: “la composición suele ser triangular y asimétrica, y, en las escuelas más antiguas, las distintas flores y ramas se asocian con el cielo, los hombres y la tierra. Las flores que representan a los hombres se colocan por debajo de los elementos que se asocian con el cielo y en una posición más elevada que los que representan a la tierra”, indicó Sonoko.

Al igual que en el sumi-e, las medidas de cada tallo, la combinación de flores o el orden de las acciones están reglados: “coged el shin –tallo más grande que representa el cielo– y pinchadlo en el kenzam –base metálica con púas en la que se sostiene la composición–. Ahora, coged otro tallo y cortadlo hasta que su altura sea las tres cuartas partes del shin”, señaló Sonoku a los participantes. Marta Luno, de 44 años, fue una de las treinta personas que participaron en los talleres de ikebana. Nunca había realizado ninguna composición japonesa y, al terminar el taller, destacó que “resulta chocante que, con tantas reglas se consiga algo tan natural”.

Pintura

Imagen del taller de sumie.
Fotografía realizada por Yolanda Villajos.

Kumiko Fujimura, presidenta de Aragón-Japón, asegura que, en los últimos tres años, se ha producido un auténtico boom de la cultura japonesa en España: “el número de personas que acude a los talleres que organiza la asociación ha aumentado notablemente. No sé si será por el influjo del manga o por el estilo de vida zen; pero el hecho es que ha aumentado”.

Irene Sánchez, de 34 años, participante en el taller de caligrafía de las jornadas, comenzó a acercarse a Japón a través del manga y luego se interesó por sus tradiciones. Estudia japonés y ha realizado varios cursos relacionados con las vestimentas típicas de este país. Asegura que lo que más le atrae de las tradiciones niponas es el contraste con respecto a Europa, pero advierte de que, en ocasiones, se idealiza demasiado ese mundo: “No todo son geishas y ceremonias del te, Tokyo, por ejemplo, es una ciudad de cemento y neones”.

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